Cerro Las Cumaraguas



Cerro Las Cumaraguas

La aventura comienza donde termina Cocorote, al final de la avenida Madre Teresa de Calcuta. Al cerro Las Cumaraguas sólo entran vehículos de doble tracción o gente con “guáramo”, buenas piernas y mucha resistencia.

Gran parte del camino es de tierra. El calor se esfuma con la ciudad y da paso a colosales arbustos bañados con barba de palo, orquídeas, árnicas y romelias. El lugar es una de las maravillas naturales de Yaracuy. Su inmensidad abarca los municipios Arístides Bastidas, Bolívar, Bruzual, Cocorote, Nirgua y Sucre. “La fauna es muy variada. Existen aves como el sorocuá; también hay lapas, dantas, venados, cunaguaros, monos araguatos, cachicamos, gatos montañeses, báquiros y acures”, resalta Carlos Giménez, especialista en turismo de la zona.

El mirador La Pantalla le dará la bienvenida. Está casi en la entrada y es un buen sitio para estirar el cuerpo y apreciar el panorama. Al lado reposa una capilla en honor al Doctor José Gregorio Hernández. Sus devotos no dudan en detenerse para rogarle y encenderle velitas.

Cerro Las Cumaraguas
Siguiendo por el mismo sendero encontrará la capilla de Tres Cruces. Cuentan que durante la época independentista servía como parada para quienes esperaban por un aventón en mula. Estos lares eran frecuentemente atravesados por quienes trabajaban en las famosas Minas de Aroa (la única propiedad que dejó Simón Bolívar): “Dicen que una mujer embarazada y su pequeña hija esperaban una cola a orillas del camino. Presa de la sed, la madre bajó a una quebradita para tomar agua y se encontró con un tigre que se la comió. La niña alertó a los transeúntes. El origen de la tercera cruz es un misterio”, narra Carlos Giménez.

Otra historia que incluye a esta temible bestia tiene que ver con el cuidador de la Hacienda San Antonio: “Hace dos años se metió en la montaña y más nunca salió. Dicen que se lo llevaron los tigres, otros creen que el bosque lo encantó y no pudo salir. Lo cierto es que Yaracuy es verde por donde se mire“.

De las ingeniosas mentes de los moradores han salido los nombres de los sectores Las Cataratas del Ñángara (en alusión a las famosas caídas de agua del Niágara); Curva Los Mangos (porque allí creció un mango morocho) y la Curva de Cheo, bautizada así en homenaje a este hombre que murió en el sitio tras caerse de un caballo. La Curva La Gallina, es una de las más pintorescas: “Todo ocurrió cuando un ciclista -que cargaba una gallina debajo de su brazo- se cayó y perdió al animal”.